Por Emilio López
Para continuar con esta narrativa de escritos relacionados al periodismo y la comunicación, en los siguiente apuntes me refiero al libro publicado originalmente en 1972 bajo el título Les Reporters, (Los reporteros) —editado por Noguer, S.A.—, obra imprescindible para comprender el alma del periodismo de guerra en su etapa más cruda, más romántica y quizá más heroica: las décadas de 1950 y 1960. Sus autores, Christian Brincourt y Michel Leblanc, no son simples cronistas de redacción; fueron ellos mismos enviados especiales, corresponsales de guerra, testigos directos de los conflictos que sacudieron al mundo durante la Guerra Fría.
El libro fue traducido por Edmond Vallés y Mauricio Wiesenthal y su primera edición fue registrada en 1970, por Editions Robert Laffont, S.A.
A lo largo de sus 323 páginas, distribuidas en once capítulos, la obra reúne cien historias extraordinarias. No son cuentos ficticios ni glorias inventadas, sino testimonios vívidos de quienes, cámara o libreta en mano, se jugaron la vida por capturar un instante, una imagen, una frase que diera cuenta de la verdad. Brincourt, reportero gráfico para Radio Televisión de Luxemburgo, y Leblanc, también corresponsal, convocaron a un centenar de colegas para compartir sus experiencias más impactantes: la exclusiva soñada, la noticia perseguida, la muerte evitada o la que no pudo esquivarse.
Así nos dicen sus autores:
A comienzos de este siglo la simple palabra «reportaje» era sinónimo de hazaña, y los que lo efectuaban eran, por supuesto, periodistas, pero también, y quizás, ante todo, aventureros. En aquella época no había jets y el teléfono no funcionaba en el ámbito internacional. El re portaje en el extranjero era una expedición.
Desde el Canal de Suez hasta los campos de batalla del Congo, pasando por los selvas de Vietnam o los templos en ruinas de Camboya, Los reporteros dibuja el mapa emocional y profesional de una generación de periodistas para quienes el reportaje era sinónimo de hazaña. Como bien se apunta en el prólogo, escrito por el novelista y reportero Joseph Kessel, el libro nos pone frente a un mosaico humano donde conviven líderes mundiales, asesinos, estrellas y revolucionarios. Todos ellos mirados bajo la misma lente objetiva, urgente y a menudo peligrosa del periodismo de campo.
Uno de los grandes méritos del libro es revelar las sombras del oficio: las argucias necesarias para acceder a un testimonio, el ingenio para burlar la censura, el arte de sobrevivir entre los bastidores de la historia. También sus frustraciones: las notas que no salen, las exclusivas que se escapan, el error que puede costar la credibilidad… o la vida. El periodista, se nos recuerda, es ante todo un ser expuesto al azar, a la fortuna, a la violencia.
Y como lo refieren los autores:
Todos los medios son buenos para llevar a cabo un buen reportaje, Cinglanda la paciencia.
La imagen típica del reportero es la de un hombre sudoroso, sin aliento, con la tarjeta de prensa metida en la cinta de su sombrero, pateando con el pie derecho la tibia de un colega mientras, con el izquierdo, impide que le cierren una puerta ante sus narices. Como es natural, viste una trinchera y va cargado de magnetófonos y máquinas fotográficas.
Buenos escondrijos y paciencia son cosas que forman parte de sus métodos de trabajo: como dicen los del oficio, «rinden».
Kessel lo resume con precisión: “una fotografía en primera página y un pie con pocas palabras… y eso es todo”. Pero detrás de esa imagen hay pasos, riesgos, preguntas prohibidas, mentiras dichas y escuchadas, todo un proceso que el lector rara vez alcanza a imaginar.
Los reporteros no es sólo un homenaje a quienes eligieron este oficio por amor a la verdad o al vértigo del peligro. Es también una advertencia: el periodismo, cuando es auténtico, no admite la distancia cómoda ni el escritorio. Su esencia está en la intemperie, en el temblor de la noticia en carne viva, en la voz que se graba entre disparos o se pierde en una redacción.
Como se comenta en Los Reporteros:
La historia de una foto, la de una cinta magnetofónica, es toda la aventura del oficio. Y no se trata de una cuestión de objetivo, de luz o de ángulo de abertura, sino de un simple problema de suerte, de imaginación, de audacia o de paciencia.
En un mundo donde las noticias viajan hoy a la velocidad de un clic, este libro nos recuerda que hubo un tiempo en que informar era, literalmente, jugarse la vida. Y que aún hoy, para muchos periodistas en zonas de conflicto
